miércoles, 14 de marzo de 2012

El día que olvidé mi nombre...


Me levanté de la cama de un salto. Estaba confundida como si me despertara de un mal sueño. Una nube en mi cabeza me envolvía. Algo raro me sucedía. Observé mi habitación, miré todo deteniéndome en cada detalle. Podía reconocer mi cuarto, mi cama, los cuadritos en la pared, pero no recordaba mi nombre. ¿Cómo me llamaba? Sobresaltada me miré al espejo temiendo haber perdido mi imagen. Toqué el reflejo de mi rostro. Estaba ahí. Me sentí mejor, todavía seguía siendo yo. Desesperada hurgué en mis pensamientos y en mi vida, lo recordaba casi todo. ¿Por qué mi nombre no? Se me ocurrió una idea, empecé a buscar papeles, cosas que me identificaran y ahí lo encontré. Más aliviada lo corroboré con mi cédula de identidad, no se me había ocurrido antes… Me quedé más tranquila… Igual notaba algo extraño… el saber mi nombre no era suficiente, porque en el fondo no me decía nada… Entonces comencé a repetirlo en voz alta hasta terminar gritándolo con desesperación. No obtuve resultado. Era todo igual. Esa sensación de vacío… Esperé un rato sentada en la cama. Tenía que irme a trabajar. Luego del baño, me vestí mecánicamente y de mala gana como tantas veces después del café, salí a la calle. ¿Por qué no era un día como los otros? No entendía, sabía que era yo, aunque también no lo era. Seguía sin reconocerme… Algo había cambiado en mí pero no sabía qué… Era un poco tarde y traté de apurar el paso. Las piernas me pesaban. Mientras caminaba observaba las copas de los árboles, como se movían con el viento. El sol se filtraba entre las ramas. Podía apreciar el aire fresco en mi rostro. No sé por qué pero esa mañana parecía todo más colorido, las flores y las hojas de los árboles estaban rebosantes de vida. Sentía a la naturaleza acompañándome. ¿Intentaba ayudarme? Traté de prestarle atención.... Comencé a escuchar su sonido. Un leve susurro llegaba a mis oídos. El entorno me hablaba sin palabras y me decía quien era… algo en mi se iba modificando en cada paso. Me sentía distinta. Y así fui entendiendo… yo era mucho más que la chica que iba caminando por la calle mirando los árboles. Había algo más grande y oculto. Y mi cuerpo no alcanzaba para abarcar todo lo que representaba. Lo sentía por primera vez aunque siempre había estado conmigo escondido en mi interior. Ahora se mostraba a la luz en toda su inmensidad como en una revelación. Como si yo fuera alguien muy diferente a lo que los demás veían y en la confusión yo tampoco me distinguía. Pero… ¿Cómo mirarse a uno mismo? ¿Se puede? Pensé… Seguía caminando… me dio un poco de miedo que luego de este descubrimiento volviera a ser la de antes. Perderme entre el bullicio de la gente y no volver a encontrarme. Mientras caminaba me cruzaba con otros caminantes que entre el ruido parecían perdidos como había estado yo. Vi muchos rostros dormidos. Entre ellos algunos me miraban como si me conocieran. Algo en su mirada parecido a un guiño me lo confirmaba. ¿Entonces… no era la única? Aliviada sintiendo que había otros como yo continué el recorrido. Estaban  perdidos buscando encontrarse…. Comencé a sonreír y  ya no me importó él no haberme reconocido en la mañana cuando desperté. Porque lo que yo era se veía reflejado en todo y estaba en mi interior. Siempre había estado allí escondido pero aguardando salir. Ese era mi verdadero y auténtico nombre. El que se escribía en un papel no tenía importancia. Ya no necesitaba de él para ser yo. Mi nombre estaba en todos lados y en mí.
Cuando llegué a mi trabajo llegué sonriendo, ya se me había ido el miedo a no ser yo. Me había encontrado entre las cosas y partir de ahí sentí que ya no volvería a olvidar quién era, y eso… era mucho más importante que recordar mi nombre...

sábado, 10 de marzo de 2012

La inspiración

Uno de mis primeros cuentos que ya tenía medio olvidado...

Apuraba el paso. Presentía que alguien me seguía. Nunca fui miedosa pero estaba tan cerca… cada vez más y más. Al final, no soporté la situación. En un brote de valentía me di vuelta con rapidez. Ahí estaba parada con aire de princesa. Con voz temblorosa, le pregunté:
 -¿Qué necesitas, por qué me perseguís? ¿Te parece que no me di cuenta?
-No te estoy persiguiendo. Todo lo contrario. Fuiste tú quién me buscó -contestó en un tono amable casi maternal.
-¿Buscarte yo, qué motivo tendría para hacerlo? No sé quién sos…
-Creo que no fuiste consciente de que me estabas buscando. Por eso hoy he venido a tu encuentro.
No lograba entender y me sentía incómoda por la situación. Pero algo me decía que tenía que descubrir que significaba ese encuentro.
-Aunque te hubiera buscado ¿Por qué no te presentaste? De la forma que apareciste solo lograste asustarme.
-Sí, puede ser y te pido disculpas, pero fue la única manera que encontré de llamar tu atención. –me dijo justificándose.
- ¿Qué es lo que necesitás de mí? – le dije intrigada.
-Tú sigues pensando que no me buscaste y que sólo te estoy molestando. Pero siempre te he estado ayudando. Sólo que tú no te has dado cuenta. ¿Acaso no has prestado atención? Esas veces que te quedás absorta observando algo para después salir corriendo a transferirlo a algún papel. Ahí he estado yo. Después se te pasan las horas escribiendo y escribiendo…
-No sé de que estás hablando. ¿Qué querés decir? ¿Cómo sabés todo eso?
-Hace tiempo que te hago compañía en silencio sin que notes mi presencia tratando de ayudarte.
Ahí comencé a comprender que ella tenía conocimiento de todos mis movimientos. Me había estado observando…
-¿Me querés decir que sos algo así como mi inspiración?
-Puede ser… ¿Tú que crees?
- Aunque fuera así y seas la inspiración. Si me ayudaras realmente harías algo para que no me sintiera tan mal.
-Es que yo te ayudo, pero por más esfuerzo que hago no lo notás.
-¿A qué has venido a verme? ¿Acaso me vas a pedir alguna retribución por tus servicios?
-Podría decirse que sí. Me gustaría pedirte algo y quiero que me escuches. Lo que necesito que hagas es muy importante. Préstame atención. Quiero que no pienses tanto y que te dejes llevar. Me gustaría que tu palabra llegue a la gente. Eso es lo que quiero. ¡Qué no amontones papeles y papeles en la papelera! ¡Qué te arriesgues! Pensás que no te veo cuando escribís y escribís y nada te convence. Armando grandes montañas blancas que luego vas desarmando y tirando de a poco con disimulo para ocultar tu derrota…
Me sentía perturbada. Todo lo que me decía era cierto. Tanto tiempo escribiendo sin llegar a nada… o al menos eso me parecía. Estaba callada no sabía que decir, y ella continúo hablando…
-No te guardes para vos sola lo que escribís en esa libretita que llevas a todos lados. Ahí dejás lo que a tu criterio no está tan mal. ¿Pero no te das cuenta que eso queda oculto y nadie puede leerlo? -dijo en tono irónico, sobretodo cuando nombró a mi tan preciada libretita.
-¡Pero yo escribo para mí, no me importa si alguien más lo lee! –protesté.
Luego que dije estas palabras me di cuenta de lo poco convincente de la frase.
-¿Estás segura de eso? Me parece que no estás siendo sincera. Convendría que no te mientas tanto. De esta forma nunca vas a lograr que crean en vos. Bueno…lo que tenía que decirte ya lo dije. No tengo nada más que hacer por acá. Deseo profundamente que  aceptes este consejo – me dijo dando unos pasos hacia atrás con elegancia y emprendiendo la retirada.
-¡Por favor no te vayas! Te estoy escuchando, necesito saber más…
-Con lo que he dicho alcanza. Quisiera saber que vas a hacer a partir de ahora. Espero que no te abrume el peso de la responsabilidad.
-¡Por favor no me dejes así! ¿Necesito saber cómo hago para confiar? ¿Cómo sé que lo que escriba se va a entender y no se van a reír de mí? –le dije caminando de un lado al otro nerviosa.
-¿Acaso importa?
-¿Pero si a nadie le gusta lo que escribo?
-Así como vas, nadie va a leer nada tuyo y nunca lo vas a saber.
Me quede en silencio unos instantes. Me di cuenta que tenía razón. Sin querer yo la había llamado y ahora que me estaba diciendo un par de verdades no podía soportarlo.
-No sé si tendré el valor, es difícil expresar con palabras lo que siento. Las palabras me limitan, a veces me enredo en ellas y no puedo salir -dije con lágrimas en los ojos.
-Con un poco de práctica y mucha paciencia lo vas a lograr. Y quiero que sepas algo más… Aunque no me veas, siempre voy a estar ahí. ¡Tenés que creer en mí!
-¿Pero cómo puedo creer en tí?
-Cuando vayas por el mundo. Simplemente observando las cosas a tu alrededor, a la gente. Cuando te pase algo que te haga agarrar esa libretita que tenés, ahí voy a estar yo. Sólo me tenés que sentir y voy a responder. Siempre estaré para ti.
El silencio otra vez se apoderó de mí. El miedo se me había ido y de pronto empezaron a aflorar en mi mente un montón de historias. Todo lo que tenía alrededor me decía algo, el paisaje, los perfumes. Aparecían también recuerdos de mi pasado y situaciones inverosímiles que sólo existían en mi cabeza.
En eso me di cuenta de que estaba sola. Ella se había ido sin que me diera cuenta. Ya no le podría hacer más preguntas. Ni siquiera darle las gracias por haberme abierto los ojos. ¿Pero se habría ido?... Ya no importaba. Sabía lo que tenía que hacer.
¡De pronto, me invadió el terror! ¡Mi libretita! ¿Dónde estaba mi libretita? ¿La habría perdido en el camino? Salí corriendo a buscarla. Tenía que encontrarla. Mientras corría algo me decía que había sido ella que me la había escondido para hacerme una broma antes de partir…

sábado, 3 de diciembre de 2011

El asado

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia...


-         ¡Apurate que después tengo que hacer todo yo!
-         Siii, ya voy.
Ernesto con mala cara iba a ayudar con los preparativos. Siempre lo hacía, aunque no evitaba descansarse un poco en ella: “Vos hacés todas las cosas mejor que yo”. Para Susana esta frase ya no era más un halago. Los famosos asados que organizaban ya no le interesaban. No estaba en edad de andar corriendo atrás de los invitados sirviéndoles, y ordenando lo que iban tirando alrededor. Aparte de todo, con el paso de los días, seguía encontrando manchas extrañas en lugares recónditos de su hogar.
Siempre era lo mismo cuando se reunían, la mayoría del tiempo lo dedicaban a hablar de otras personas. Una vez que se ubicaban los invitados, a veces Cecilia se apartaba del bullicio y observaba silenciosamente. Primero, elegían a un candidato, todavía no tenía claro en que se basaban a la hora de la elección, qué criterios manejaban ni de que dependía. Quizá fuese al azar. Luego comenzaban a hablar no muy bien por lo general de esa persona, y si era uno de los invitados, cuando éste llegaba, cambiaban de víctima con rapidez.
¿Extraño, no?
-         ¡Susana, Susana, me parece que tocan timbre!
¿Vos no te podés mover acaso?
-         Ya voy amor.
-         ¡Susana, tanto tiempo! ¡Pero qué linda que estás!
-         Gracias, andá pasando para el fondo, que ya llegaron casi todos.
¿Me tocará en algún momento ser la víctima? Por suerte la mayoría de los asados los hacemos en casa…
Estaba el cuadro bastante armado, no era un grupo muy numeroso.
Alejandro y Mónica, una pareja bastante simpática, se llevaban bien, él era ingeniero y ella enfermera. Evangelina y Juan Andrés, recién casados, nada que decir por ahora. Rafael, que siempre venía acompañado de la chica de turno, aunque esta vez, había venido solo. Marisa y Claudia, las dos hermanas, una divorciada y la otra soltera. Faltaban Cecilia y Carlos.  Siempre llegaban tarde.
Hacía rato que la conversación sólo iba del fútbol a la política, y por momentos rozaba de soslayo con el medioambiente y la inseguridad.
Es cuestión de tiempo, pensaba Susana
¿Te enteraste lo de Cecilia? – comentó Claudia mientras servía la bebida a los presentes.
-         No, no sé nada ¿Qué le pasó?
¡Yo sabía!
Pobre Cecilia. ¡Qué llegue pronto!
-         Parece que se consiguió un novio mucho más joven que ella.
-         ¡Fantástico!
Ups… demasiado efusivo.
-         ¿En serio? No te puedo creer – dice Susana con cara de compungida – pero se llevaba muy bien con el marido.
Lo bien que hizo.
-         Sí, y se siguen llevando, porque en realidad no están separados – saltó Alejandro mientras atizaba el asado.
-         Bueno entonces lo que se consiguió Cecilia fue un amante no un novio.
-         Sí, sería más adecuado llamarlo así. Pero como que la palabra “amante” me suena feo, viste.
Todos los presentes estallaron en carcajadas.
Eso es lo que te haría falta a vos, así te dejás de andar con cuentos.
-         En los tiempos de ahora se usa mucho “intercambiar” – alegó Alejandro mirando a su mujer.
-         Si está bien, yo voy a hacer varios “cambios” más que “intercambios”.
-         Vos, no te hagas la loca.
Alejandro amenazaba en broma a Mónica con un cuchillo que había tomado de la mesa.
-         Pero volviendo al tema de Cecilia. El marido siempre fue medio raro, porque nadie de nosotros lo conoce mucho. Ella muchas veces viene sola. A mi me parece que él no es muy compañero
-         Claudia, eso no tiene nada que ver, porque a veces se pueden entender en la intimidad. ¡Qué ganas va a tener el pobre hombre de conocernos a nosotros!
Seguro. ¡Bien dicho Rafael!
-         Para mí que ella se consiguió otro porque él ya tenía algo por ahí.
Era la hora de que participara Marisa, la hermana de Claudia. Y que comenzara a condimentar la historia.
-         Pero si ese hombre tiene una cara de bueno…
-         ¡Dejate de pavadas Ernesto, los que son así pueden ser los peores! ¿Susana, te pasa algo? Te quedaste callada – dijo Claudia.
-         Es que estoy ocupada acá con la ensalada, apenas escucho.
A veces pienso que sería mejor no escuchar ¿será pecado renegar de eso?
-         ¡Bueno, todo el mundo a la mesa! ¡Ya está pronto el asado! – gritó Alejandro
El grupo avanza a la mesa y van ocupando sus lugares.
Hasta ahora los que se salvaban de pecado eran  Evangelina y Juan Andrés. Los únicos que no se interesan mucho por la vida de los otros, al menos hasta que alguien del grupo los pervierta.
Sonó el timbre.
Susana salió corriendo, ya imaginaba quién era.
-         Hola Ceci. ¿Cómo andás? Justo estábamos a punto de empezar.
Mientras Susana abría la puerta, vio que venía acompañada de un chico bastante buen mozo, de unos veinticinco años.
-         Susana, te presento a mi primo, Andrés, vive en Buenos Aires. Se está quedando unos días con nosotros. Pablo no vino porque está terminando un proyecto, viste que es un poco ermitaño.
-         ¡Encantada de conocerte! Estábamos hablando de vos justamente.
-         ¿De mí? Pero si nadie me conoce acá.
-         No hagas caso es una broma – le dijo Cecilia al muchacho tomándolo por los hombros para que entre a la casa.
Pobre chiquilín, no sabe donde se mete.
-         Ceci  ¿Me podés hacer un favor?
-         Sí, claro.
-         Cuando presentes a Pablo a los demás, no digas a nadie que es tu primo. ¿Me hacés ese favor? Después te cuento…

miércoles, 30 de noviembre de 2011

La carta


Los perros ladraban, se asomó por la ventana y vio al cartero que se iba.
¿Qué extraño? Hace mucho tiempo que no viene el cartero por acá.
Se puso un abrigo y salió al jardín. Fue hasta el portón de la entrada y abrió el buzón. Tomó la carta, estaba dirigida a ella. Dio vuelta el sobre para ver el remitente. No podía creer lo que estaba leyendo. Las manos le comenzaron a temblar. Guardó la carta en el bolsillo y entró a la casa. De inmediato sintió unas ganas inmensas de deshacer de ella o de que todo eso fuera un sueño. Tomó la carta pero le quemaba en las manos.
¿Por qué después de tanto tiempo una carta de él? La volvió a guardar.

No había tenido novedades de Ernesto desde aquella noche en la que se fue sin dar explicaciones. Ella había quedado desconsolada, pero poco a poco las lágrimas fueron borrando el dolor. Estuvo esperando mucho tiempo cualquier tipo de señal de parte de él. Ahora que tenía una carta no sabía que hacer con ella.
¿Cambiaría en algo lo sucedido el tener una respuesta?
Estuvo toda la mañana dando vueltas. Tenía que ponerse a realizar las tareas de la casa pero le faltaba energía. No se podía concentrar en nada. Ese día llegaba Pedro del viaje y eso la ponía nerviosa, pero era mejor así, se lo contaría todo.
Había guardado la carta en un lugar donde nadie la pudiera encontrar. Trataba de olvidarse aunque fuera por un rato de todo lo sucedido. Dedicó el resto de la mañana a cocinar algo rápido para sus hijos. Los niños estaban por llegar de la escuela. Escuchó el ruido de la bañadera que los  traía. Entraron golpeado la puerta y haciendo un gran escándalo. Sebastián se colgó del cuello de su madre.
-         ¡Mamá! ¡Mamá! Puedo ir a jugar a lo de Julián.
-         Sólo si Martín va contigo.
-         ¡Mamá! Tengo que estudiar, no puedo.
-         A Martín no le gusta ir a lo de Julián, le da mucha vergüenza porque su hermana lo mira.
-         Dejate de decir estupideces Seba.
-         Sí, es por eso, ella anda diciendo en la escuela que es el novio.
Martín se marchó enojado al cuarto sin decir palabra.
-         Sebastián, no digas esas cosas, a Martín no le gusta.
-         Bueno, esta bien, pero es verdad. ¿Podré ir solo por esta vez? La mamá de Julián me dijo que después me trae a casa.
-         Decile a tu hermano que te acompañe, no tiene por qué quedarse. Pero que se asegure que la madre de Julián te traiga a casa temprano. ¿Entendiste?
-         Sí, mamá, gracias – Le dijo dándole un beso.
Los chicos se fueron y otra vez volvió el silencio a la casa.

La carta, la carta. ¿Qué haría con la carta?
Escuchó el ruido de un auto, era Pedro que regresaba del viaje. Abrió la puerta y tiró las valijas. Fue corriendo al encuentro de los brazos de su esposa.
-         ¡Hola mi amor!
-         ¡Pedro! ¡No sabés como te extrañé!
-         Bueno, pero ya estoy en casa otra vez. Te escuché un poco preocupada cuando hablamos por teléfono. ¿Qué me tenías que decir?
-         Mejor comemos y después te cuento. ¿Sí? No tiene mucha importancia. Creo que exageré un poco.
-         Cómo quieras, estoy un poco cansado.
Luego de comer se sentaron abrazados en el sillón del living. Había sido un invierno duro. Él había prendido el fuego. Ella sentía el calor del hogar. Se quedaron abrazados los dos por largo tiempo mirando el fuego. Ella sabía que en cualquier momento Pedro le preguntaría que era lo que tenía que contarle. ¿Por qué le dije que tenía que hablar con él? Ahora no puedo escapar.
Pedro intuía algo, no se animaba a iniciar la conversación.
Ella caminó hacia el fuego. Se quedó de espaldas a Pedro mirando como las brasas consumían todo. Metió la mano en el bolsillo y sacó el sobre que aún estaba cerrado.
-    ¿Amor, estás bien?
-         Sí Pedro, ahora que volviste estoy mucho mejor.
Se sentó nuevamente a su lado acurrucándose en su pecho. Pedro guardó silencio y no volvió a tocar el tema. El fuego cobró vida y terminó con el pasado.

sábado, 2 de julio de 2011

La buhardilla

Castillo Pitamiglio

La buhardilla era un lugar misterioso. El culpable de las fábulas que existían en torno a ella era el abuelo Mario, que con sus incontables historias asustaba a los niños, Martina y Andrés.
Alguna vez tomados de las manos subieron las escaleras, pero los ruidos y murmullos los hacían desistir y luego demoraban varios meses en realizar otro intento.
-         ¡Martina! ¡Martina!
-         ¿Qué querés? Estoy estudiando. ¡No molestes!
-         Me parece que tendríamos que subir hoy.
-         ¿Hoy, y por qué hoy?
-         Todos se van a la ciudad, yo no tengo ganas de ir. Les podemos decir que nos quedamos estudiando.
-         Yo sí me voy a quedar estudiando. Vos tendrías que hacer lo mismo.
-         ¡No empieces a retarme como siempre! Tengo buenas notas, no son tan excelentes como las tuyas pero están bien.
Andrés estuvo un rato tratando de convencer a su hermana. Martina era una niña muy aplicada pero a la vez le divertían las travesuras del hermano, así que muchas veces se dejaba llevar por él. La buhardilla era un lugar interesante para ambos. Tenía un atractivo especial porque era un lugar prohibido. Hacía tiempo que entre los dos había un pacto en el que se prometieron mutuamente descubrir sus misterios. Formaban un equipo.
En la casa no quedó nadie. La sirvienta estaba enferma. Los padres de los niños no se quedaron muy conformes en dejarlos. Pero a la vez pensaban que ya no eran tan pequeños y bien podían quedar solos por un par de horas.
Se asomaron por el hueco de la escalera que iba hacia lo alto. Estaba muy oscuro.
-         Martina prendé la luz, no se ve nada.
La niña estiro el brazo pero la llave estaba rota.
-         Está rota Andrés. ¿Qué hacemos? Me da miedo subir a oscuras. ¿Cuándo se rompió? La última vez que llegamos hasta la puerta andaba.
-         No importa, tengo una linterna, la traje porque no sabemos si adentro tendremos luz.
Los niños subían escalón a escalón. Se escuchaban los chirridos de la madera al pisar. En cada paso se abrazaban un poco más.
-         ¡Andrés me estás lastimando!
-         ¡Pero si sos vos la que se me pega como chicle!
Martina orgullosa se separó de él al instante. Se tomaron de las manos.
-         ¿Qué más te contó el abuelo Mario la última vez?
-         No vas a querer saberlo.
-         ¡Contame por favor!
-         Parece que en esta casa hace muchos años vivía un niño que se llamaba Pedro. Un día escuchó unos ruidos y subió solo. Entró pero al querer salir no encontró la puerta. Según el abuelo una vez que entrás a la buhardilla la puerta desaparece y no podés regresar. La única manera es que alguien de afuera entre.
-         ¿Y que le pasó a ese niño, Andrés? ¡Me estás asustando!
-         Nunca lo encontraron.
-         ¿Cómo que nunca lo encontraron?
-         Sí, no se sabe bien, según el abuelo, ahí adentro también hay otras puertas que te llevan a lugares desconocidos.
-         ¡Andrés yo no voy a entrar!
-         ¡Martina, prometiste que me ibas a acompañar!
-         Sí, pero esta última historia yo no se la había escuchado al abuelo. Yo sólo sabía que ahí adentro podía haber algún genio malo o duende. Pero no sabía que los niños desaparecían.
Martina comenzó a llorar.
-         ¡Martina no llores!
Las lágrimas de la niña corrían desconsoladamente por el rostro.
-         Martina no te va a pasar nada, estás conmigo – Le dijo Andrés secándole las lágrimas con un pañuelo que llevaba en el bolsillo.
-         ¿Pero si quedamos encerrados?
-         No vamos a quedar encerrados porque no vamos a cerrar la puerta. Le ponemos algo para que no se cierre.
Martina no estaba muy convencida, pero no quería decepcionar a su hermano y siguió subiendo la escalera, cada vez más aterrada.
Llegaron a la puerta. Andrés tomó el pestillo y lo dio vuelta. Estaba trancada. Tomó un poco de impulso y empujó con fuerza. La puerta se abrió.
 Un frío intenso salió de la habitación. Andrés trataba de alumbrar con la linterna pero la luz era absorbida por la oscuridad.
-         ¡Andrés, no vamos a entrar ahí!
-         Bueno si está bien – Andrés tartamudeaba
-         Esperá, dejame ver si al lado de la puerta hay alguna llave de luz.
-         ¡No metas el brazo ahí Andrés!
-         ¡Por favor Martina, no me estás ayudando!
-         Tranquila, sólo voy a tantear para ver si encuentro la luz.
El brazo del niño se introdujo en la oscuridad. Tocó la pared, encontró una llave. La levantó. Al instante todo quedó iluminado.
Los niños se asombraron con lo que vieron. No era una habitación tan desagradable. Estaba todo ordenado.
-         Martina ¿Entramos? No parece que haya nada malo acá adentro.
-         No estoy segura. Pero no cierres la puerta.
Andrés dejó la linterna entre la puerta y el marco para asegurarse que no se trancaría sola.
Se tomaron de las manos de nuevo, y fueron dando pasos cortos hasta entrar en la habitación. Había un escritorio, una biblioteca, un sillón. Todo estaba limpio y ordenado.
-         Este no parece un lugar donde desaparezcan los niños.
Escucharon unos pasos en las escaleras, se abrazaron. No tuvieron tiempo de esconderse.
-         ¡Chicos son ustedes! ¡Son unos sinvergüenzas! ¿Cómo se animaron a venir hasta aquí con todas las historias que les inventé?
-         ¡Abuelo! – gritaron los niños al unísono.
El abuelo reía a las carcajadas.
-         ¿Qué estás haciendo acá abuelo?
-         Aaah bueno tus padres me llamaron. Se demoraron y tenían miedo por ustedes porque  estaban solos. Les dije que yo vendría a cuidarlos un rato. No vivimos tan lejos.
-         ¡Nos pegaste un gran susto!
-         Abuelo, acá no hay nada raro. La buhardilla está más limpia que mi habitación – le reclamó Andrés.
-         Bueno niños, no se enojen con su abuelo. Es que este es mi espacio, donde vivo no tengo mucho lugar. Acá me escondo a leer y a recordar viejos tiempos. Sé que no estuvo bien de mi parte haberles ocultado esto. Pero en realidad al principio les conté alguna historia que me contaron a mi alguna vez para que no vinieran a jugar. No quería que me rompieran algo o que desordenaran mis cosas. Después me entusiasmé con las historias, e inventé alguna más. Ustedes se entretenían tanto…Aparte no todas son mentiras.
-         ¡Qué mal abuelo! No te hubiéramos roto nada – Martina sollozaba
-         Ven aquí niña no llores.
De pronto un golpe sordo los estremeció a todos.
La puerta se trancó y se cerró para siempre…

sábado, 7 de mayo de 2011

La libretita

Cuento publicado en el último libro del taller literario: "Escritores de medio tiempo".
¡El que no compró se lo perdió!


Estaba todo lleno de escombros y se hacía difícil caminar entre todo ese basurero. Me preguntaba a mí misma cual fue el motivo por el cual decidí hacer un atajo. Pero ahí estaba esquivando ladrillos y lastimándome los pies. Y peor aún estropeándome los zapatos. No tenía muchos zapatos. Siempre preferí un calzado más cómodo. Por eso sentía más rabia. Igual algo me decía que siguiera…
Había muebles viejos y deteriorados alrededor. Me enganché un pie en unas maderas que había en el piso. Mientras trataba de zafarme vi algo tirado que me llamó la atención. Era una libretita con las tapas casi  sueltas. Estaba dentro de un cajón roto que habría pertenecido a algún mueble. Me agaché para levantarla, teniendo mucho cuidado que no se rompiera y la sacudí. Las páginas estaban un poco sucias. Comencé a hojearla. Estaba escrita con lápiz, lo que dificultaba la lectura. En una de las hojas encontré unas frases interesantes: “…cruzar el umbral para llegar a otros planos…”, “…dominar los cuatro elementos…”. Lamenté que las frases estuvieran incompletas. Eran apuntes muy extraños. La guardé en un bolsillo y seguí caminando hasta atravesar toda la casa derrumbada y llegar al otro lado. Me prometía que era la última vez que se me ocurría hacer algo así.

-         Decime Marisa, en la casa de la esquina ¿quién vivía?
-         Ni idea.
-         ¿Hace mucho que está en ese estado?
-         Sí, desde que me conozco está así. No se sabe quién es el dueño ni quién vivía. ¿A qué se debe tu interés? Mejor no te acerques demasiado…
-         ¿No? ¿Por qué?
-         Se cuentan historias, pavadas…
-         ¿Que clase de historias? – contesté intrigada.
-         Nada, leyendas urbanas.
-         ¡Y ahora me lo decís, qué acabo de pasar por ahí!
-         ¿Cómo que acabás de pasar por ahí?
-         Sí, corté camino, no tenía ganas de dar la vuelta y me metí por ahí.
-         ¡Estás loca! Primero porque siempre hay gente que se mete ahí a drogarse o a pasar la noche, y segundo porque todo ese lugar está encantado.
-         ¿Encantado? – largué la carcajada.
-         Sí, encantado o embrujado como le quieras llamar. La mayoría de las veces los que se meten ahí a vivir porque no tienen a donde ir no duran ni una noche.
-         ¿Quién te dijo todo eso? ¿Será verdad?
-         No sé, cosas que se dicen…
-         Bueno no será para tanto, a mí no me pasó nada.
-         Igual por las dudas no vuelvas a entrar, viste que nadie cree en brujas pero que las hay las hay…

Se me hizo tarde charlando con Marisa. Cuando me di cuenta que era de noche, me fui a las apuradas. No quería pasar por ahí otra vez. Por lo general no era de asustarme con facilidad, pero tanto cuento misterioso había logrado amedrentarme. Tenía la libretita en el bolsillo de la campera. No quería ni tocarla. ¡Para que la habré agarrado! Di la vuelta por la otra cuadra para pasar lejos de la esquina. No quería mirar para ese lado. Tenía la sensación de que alguien me observaba. Cuando llegué a mi casa, me pegué un baño caliente y me metí en la cama. Ya estaba más tranquila o trataba de convencerme de que era así.
Al otro día ya no me acordaba mucho del asunto, salvo cuando metí la mano en el bolsillo de la campera para agarrar un pañuelo. Uyy ahí estaba Dejé la libreta en la mesa del comedor y me fui a trabajar. No quería quedarme con ella pero tampoco quería tirarla. A la vuelta decidiría que haría.

De regreso me dispuse a seguir leyendo la libretita. Ya no me provocaba tanta desconfianza. ¿Qué me podía pasar? Una vez más me preguntaba por qué la que escribió todo eso usó lápiz. Apenas se veía y tenía que forzar la vista. Aunque pensándolo bien, yo también prefería escribir con lápiz cuando sacaba apuntes, para poder borrar y corregir con más facilidad. Mientras pensaba en eso me di cuenta de que hablaba de la persona que escribió todo aquello como si fuera mujer. ¿Sería mujer? Algo me decía que sí.

Daba vuelta las hojas con mucho cuidado porque algunas estaban sueltas. Encontré una frase que pude leer con claridad: “…estar atenta a las señales…”. La forma en la que esa libreta llegó a mis manos había sido extraña. ¿Eran esas las señales a las que se refería?
Estuve por largo rato rescatando frases sueltas, que no parecían tener relación, pero luego que las leía me daba cuenta que no era así.
 “…estamos todos interconectados…”, “… observar a mi alrededor…”, “… conectarme con mi esencia…”
Encontré dibujados unos símbolos. Al lado de cada uno de ellos había una palabra escrita en imprenta sin ningún significado aparente. Cualquiera hubiera pensado que era algo macabro pero mi intuición me decía que no. Estuve buscando en Internet su significado. Todos eran utilizados para dar energía o como protección. ¿De que me necesitaría proteger yo? Siempre fui bastante racional aunque tratando de dejar un pequeño espacio para el misterio. Nunca me había pasado nada que me hiciera pensar que el mundo era más de lo que los sentidos percibían, aunque siempre tuve esperanzas de que no fuera así. Por eso mis libros preferidos siempre fueron esos en los que se podían viajar a otros mundos, donde la realidad era la fantasía.

Pasaron varios días y yo andaba un poco distraída. Algunos conocidos me notaban rara. No andaba apurada como siempre. Trataba de ser más observadora. Me dejaba llevar por los consejos que sin querer había recibido. Me tomaba el tiempo necesario para mirar el mundo en el que vivía y encontrarme en él. Empezaba a disfrutar de cosas simples. Me sentaba al sol a no hacer absolutamente nada. Sólo a estar presente en ese momento. Encontré otras frases: “… unir lo femenino con lo masculino, el padre y  la madre…”, “…escuchar a la naturaleza…”, “ver las cosas con asombro”.   Parecía que las frases estaban incompletas por algo. ¿Era todo esto un acertijo?

Decidí que tenía que conocer más a la responsable de esos apuntes. Hoy iba a visitar a Marisa pero antes pasaría por la casa derrumbada.
Entré con un poco de miedo, pero tenía que hacerlo. Fui hasta el lugar donde había encontrado mi libretita, pero no había nada. Ni siquiera los cajones donde la encontré. El lugar estaba distinto, los muebles viejos ya no estaban. ¿Habré encontrado la libretita estando en otro plano? ¿Y eso me había permitido encontrarla estando en otro tiempo y espacio? Un ruido a mis espaldas me alertó.

-         Señorita ¿Necesita algo? – una señora de aspecto descuidado me preguntaba.
-         No, sólo pasaba por acá. ¿Vive usted en este lugar?
-         A veces, cuando no tengo donde dormir ¿Usted conoce a la chica?
-         Chica ¿de que chica me habla?
-         La que vivía acá hace años. Usted se parece a ella.
-         No, no la conozco, pero puede ser que tenga algo que le pertenece.
-         ¿Sí? ¿Qué cosa?
-         Unos apuntes viejos escritos en una libreta.
-         ¿Así? ¿Me los deja ver? – me dijo mientras se acercaba.
-         No los tengo aquí – le mentí.
-         Es una pena, yo te podría ayudar a descifrarlos.
-         ¿Cómo sabe usted que necesito ayuda?
El rostro de la mujer se tornaba más duro y se desfiguraba. Me estaba poniendo nerviosa.
-         Yo conocía a esa chica y sé de las cosas que escribía. Yo que usted no me quedaba con nada de ella…
Me acerqué a lo que fue en otro tiempo una ventana. Quería encontrar una forma de escapar de ahí. Comencé a pensar en los símbolos de protección que había en la libreta. Fue lo único que se me ocurrió.
-         No era mi intención tomar algo que no era… - cuando me volvía para contestarle, la señora no estaba.
¿A dónde se había ido tan rápido? Me asusté y salí corriendo. Me fui a mi casa, no iría a lo de Marisa.

¿Esa señora quién era? ¿Sería un fantasma? Daba vueltas en la cama. Me tapaba la cara con la sábana como cuando era niña. Estaba casi dormida cuando sentí una presencia en mi cuarto. Era una sensación extraña pero no me producía miedo. Me llamaba por mi nombre. Me levanté sobresaltada.
-         ¿Quién es? ¿Qué quiere?
-         No te asustes.
Una mujer estaba a los pies de mi cama, era muy joven. Su rostro tenía algo especial, me inspiraba confianza aunque nunca la había visto.
-         ¿Quién sos?
-         No importa quién soy.
-         ¿Sos la dueña de la libreta? Yo no quise…
-         La libreta es tuya. No la encontraste por casualidad.
-         Pero yo no entiendo nada de lo que dice. No sé si podré descubrir su significado. Aparte está casi destruida.
-         Lo más importante sobrevivió y ahora está en tus manos seguir este camino.
-         ¿Camino? ¿Cuál camino?
-         Todos tenemos un camino. Tú acabas de descubrir uno. Está en tí si quieres seguirlo o no.
Me quedé sin palabras. No sabía de qué hablaba pero a la vez sentía que había cosas nuevas destinadas para mí. Creo que se dio cuenta de mi incertidumbre cuando siguió hablando.
-         No te apresures en tomar una decisión. Esos apuntes los escribí hace mucho tiempo. Mi maestro me enseñó todo lo que está allí escrito. Es hora de que otra persona los utilice así como lo hice yo, y debes tener cuidado. En tu camino te vas a encontrar con muchos seres oscuros, como el que te cruzaste hoy.
-         ¿Te referís a la señora?
-         Sí, a ella. Tenés que tener la suficiente intuición y discernimiento para alejarte de la oscuridad e ir hacia la luz. Pero nunca le temas. La luz siempre triunfa. Usaste bien los símbolos hoy, lograste defenderte. Ahora me tengo que ir.
-         No te vayas, cuéntame más de ti.
-         Lo que te pueda contar de mí es irrelevante. Yo ya estoy en otro plano.
-         ¿Otro plano? De eso hablás en tus apuntes, de llegar a otros planos.
-         Eso lo tendrás que descubrir tú. No pierdas las esperanzas.
En un instante todo se esfumó. Abrí los ojos, me desperté. ¿Había sido un sueño?

Estaba sentada al sol como de costumbre mirando el cielo. Tenía la libretita en la mano. La había mirado cientos de veces. La abrí en cualquier página y observé algo que había pasado por alto hasta ese momento. Al final de algunas hojas había dos iniciales. ¿Serían las iniciales del nombre de la chica que escribió todo? ¿Por qué no le pregunté su nombre? Era muy probable que no la volviera a ver. Mientras me lamentaba pude entender por qué yo había encontrado la libretita. Mis iniciales eran las mismas. Había descubierto otra señal. Teníamos cosas en común ella y yo y por eso me había elegido.

Miré el cielo y agradecí a esa chica, que quién sabe donde estaba, por darme la oportunidad de conocer sus secretos. Todavía me faltaba mucho por aprender pero había dado el primer paso hacia un mundo desconocido y fascinante. Antes de cerrar la libretita fui hacia la última hoja y como una respuesta a mis preguntas encontré otra frase que no había visto. Juraría que antes no estaba allí, y que apareció para mí en ese instante, decía:
“La magia existe, sólo debemos guardar un espacio para ella y la encontraremos.”

CONTINUARA...  

lunes, 13 de diciembre de 2010

Arbolito

 Dedicado a todos los que llevamos un niño adentro...

Navidad 2008 - Rockefeller Center

El árbol había estado guardado en una caja, había pasado todo el año ahí. No entendía mucho por qué, pero una vez al año lo sacaban de ese lugar para decorarlo, recobrando así la vida. Le gustaba revivir aunque sabía que eso no duraría. Al poco tiempo retornaba a la caja. No se acordaba qué había sido antes de ser arbolito de Navidad. Tenía unos vagos recuerdos de haber estado en una tienda con otros iguales a él. De a poco los iban escogiendo. Vio como algunos de sus hermanos se iban pero él seguía en la tienda.
-         ¡Mamá, todavía queda un árbol ahí!
-         Ese no Joaquín. ¿No ves que tiene una de las ramas caídas?
Entonces entendió cuál era el motivo por el que no lo llevaban. Quiso moverse o hacer algo para que lo tuvieran en cuenta y llamar la atención. Quería gritarle al niño que lo había visto, pero no podía.
-         Señora, si se quiere llevar el árbol se lo dejo más barato – ofreció el empleado.
-         Sí mamá, es un árbol lindo.
-         Bueno, si a vos no te importa que no esté bien del todo lo llevamos.
Así fue como Arbolito encontró un hogar. De inmediato remendaron la rama caída, por suerte no era nada grave. Lo adornaron con muchas bolitas de colores. Luego lo llenaron de guirnaldas y de luces que prendían y apagaban. Por último le colocaron un enorme puntero que lo hacía mucho más alto. Estaba feliz. Otro día pusieron enormes paquetes debajo de él. Arbolito se encargaría de cuidarlos. Cuando llegó la Navidad todos abrieron los obsequios. Observó con ternura la cara de los niños abriendo sus regalos.
¡Qué linda tarea cumplo, es hermoso ser árbol de Navidad!
Pasaron los días, y una mañana bien temprano la dueña de casa se subió a un banquito y le quitó el puntero. ¿Por qué haría eso? Se preguntaba. Y siguió, quitó las guirnaldas, las luces de colores, todo, quedó desnudo otra vez como cuando llegó al mundo. ¿Tendría que volver a la tienda de nuevo? Lo peor fueron sus ramas, las doblaron hacia arriba y las pegaron al tronco. Le dolió mucho, pero no sabía gritar. Lloró en silencio cuando lo metieron en una caja y lo encerraron en un baúl viejo.
Cada año revivía, en la oscuridad contaba los días para salir. Se le hacía muy largo todo ese tiempo. Desde donde estaba escuchaba algunas veces a uno de los niños jugar. Por lo menos eso le devolvía la vida por unas horas.
-         Joaquín, te dije que no vayas al sótano. Está muy oscuro te podés caer.
-         Sí mamá, ya voy.
-         Dale, vení a cenar.
Joaquín de mala gana subía las escaleras y se iba.

Ese año Arbolito no estaba tan contento de que llegara la Navidad, porque sabía lo que le esperaba después. Se resistía a tener un momento de plenitud tan breve. Él quería ser árbol de Navidad todo el año.
-         Mamá, tenemos que armar el árbol, éste es el día.
-         Estoy tan cansada. Mejor lo armamos mañana.
-         ¿Cómo mañana? Siempre dijiste que el ocho de diciembre es el día que se arma porque es el día de la Virgen.
La madre quedó en silencio, no tenía respuesta para eso.
-         Sí, tenés razón, en la tarde lo hacemos.
Joaquín estaba más grande. Este año él pondría el puntero en el árbol.
-         Tené cuidado de no caerte.
-         Sí, mamá, llego bien con este banquito.
Pero no llegó, se subió mal, colocó el pie muy al borde. El banquito se tambaleó y fue a dar al piso junto con Joaquín que cayó encima del árbol.
-         ¡Joaquín, te dije que tuvieras cuidado! ¿Estás bien? – gritaba su madre mientras salía de la cocina sobresaltada por el ruido de la caída.
-         Sí, estoy bien, el pobre árbol fue el que se llevó la peor parte, mamá – le contestaba mientras se incorporaba y se tocaba el cuerpo para comprobar que estaba todo en orden.
-         Bueno, nunca fue muy lindo, acordate que le tuvimos que arreglar una de las ramas.
-         Sí, ahora se las vamos a tener que arreglar todas - decía Joaquín mirando lastimosamente al pobre árbol caído.
Arbolito estaba conmocionado, había sido todo muy rápido. El chico se le vino encima y ahora algunas de sus ramas se habían quebrado. No se sentía mal del todo, porque gracias a él Joaquín no se había lastimado pero había quedado muy mal herido.
-         Joaquín, no pierdas tiempo con ese árbol, mañana compramos otro.
-         No quiero, lo puedo arreglar yo, aparte la culpa de todo esto no la tiene el pobre árbol.
-         Bueno, como quieras, pero no te acuestes muy tarde.
Joaquín tomó varias herramientas y algunos alambres, pasó muchas horas dejando las ramas en su lugar. Le vino sueño y se quedó dormido. Se recostó en el árbol que había apoyado en la pared mientras lo arreglaba. Arbolito lo abrazó con cariño y lo acunó toda la noche. Había sido duro lo que le había pasado pero se sentía muy querido por ese niño.
-         ¡Joaquín a tomar la leche! ¿Joaquín, dónde estás?
Se despertó entre las ramas del árbol.
-         Mamá, ya voy.
Se fue rápido a la cocina tratando de disimular que venía del cuarto y no del comedor.
-         ¿Dormiste bien anoche? ¿Terminaste con el árbol?
-         Sí, terminé.
-         Bien, entonces dentro de un rato lo armamos.

Fue así que Arbolito quedó en el comedor mirando hacía la ventana. Veía a la gente pasar. Algunos se quedaban observándolo. Él disfrutaba de todo eso. Algunos amigos de la familia que iban de visita se quedaban admirándolo y decían: “¡Qué hermoso árbol de Navidad!”.  Pero él a pesar de los halagos no se sentía completamente feliz. No podía olvidarse que dentro de unos días estaría otra vez encerrado.
El veinticuatro de diciembre de noche, la casa se había quedado vacía porque todos  habían ido a la iglesia y a visitar a unos parientes. Por la chimenea entró un señor muy gordo todo vestido de rojo y larga barba blanca.
-         Hola Arbolito. ¿Cómo andás?
Era la primera vez que alguien se dirigía a él.
-         ¿Me está hablando a mí?
-         ¿A quién si no?
En ese momento cayó en la cuenta de que él le había contestado. ¡Podía hablar! Tantos años calladito. ¿Por qué no lo intentó antes?
-         ¿Qué te pasa? Soy Papá Noel. ¿No me conocés?
-         Sí señor, discúlpeme. Lo que pasa que otros años no lo vi llegar.
-         Es que los otros años siempre te encontré dormido. ¡Qué bueno que hoy estés despierto! A mí me gusta conversar, pero no encuentro con quién hacerlo. Siempre estoy apurado. Pero este año me dije a mi mismo que iba a hacer las cosas con más tranquilidad.
-         Me parece bien señor Papá Noel.
-         Jo jo jo – Papá Noel largó una de sus clásicas carcajadas – no me llames señor, dime sólo Papá Noel. ¿No te habías dado cuenta que podías hablar, verdad? A casi todos les pasa. Les enseñan que algunas cosas no las pueden hacer y ellos se las creen. Entonces nunca lo intentan.
-         Me da mucha pena no haberme dado cuenta antes – Arbolito se puso triste y algunas de sus luces se apagaron.
-         ¡Pero no! ¡No hagas eso!
-         ¿Qué no haga qué?
-         No te pongas triste, lo importante que hoy te diste cuenta que podías hablar, no mires al pasado.
-         Pero si yo hubiera hablado antes. Le podría haber agradecido a Joaquín lo lindo que me dejó.
-         Todavía estás a tiempo de agradecerle. Ahora sí, no te demores mucho porque cuando sea mayor ya no te va a poder escuchar. Puedes intentarlo más tarde si quieres. Ahora me voy a poner a trabajar – le decía mientras sacaba algunos paquetes de su bolsa roja y los ponía abajo del árbol.
-         ¿Entonces eras tú el que ponía los regalos?
-         Sí claro. ¿Quién más iba a ser?
-         Siempre hablaban de tí pero como nunca te vi, no creí que existieras.
-         Yo existo para el que quiera creer en mí.
Arbolito quedó pensativo. Ahora estaba rodeado de muchos paquetes de todos los tamaños con moñas de colores.
-         ¿Papá Noel, te puedo hacer una pregunta? ¿Por qué, la Navidad dura tan poco? ¿Por qué luego todo se vuelve oscuro? Me guardan en una caja y yo paso muy mal hasta la siguiente Navidad.
-         Pero Arbolito querido, tienes que aprender mucho todavía. Nosotros sólo aparecemos en esta época. Pero eso no nos tiene que poner tristes. Si te pasas todo el tiempo pensando en lo que va a suceder no puedes disfrutar el ahora. ¡No puedes disfrutar la Navidad!
-         ¿Pero que puedo hacer metido en una caja todo un año?
-         A mí no me pasa eso. Yo vuelvo a mi hogar contento por haber cumplido la tarea. Entonces me acuesto a dormir una siesta reparadora, cuando quiero acordar ya es Navidad otra vez. Los seres como nosotros tenemos un propósito y lo cumplimos. Tenemos que estar felices de que hacemos lo mejor que podemos nuestro papel.
Arbolito pensaba y pensaba. Papá Noel tenía razón. Se la pasaba todo el año sufriendo y cuando llegaba la Navidad no la disfrutaba.
-         Arbolito, me tengo que ir. Tengo que ir a visitar a otros como vos y dejar muchos regalitos.
-         Gracias Papá Noel por tus consejos – Arbolito hizo fuerza y movió una sus ramas a modo de adiós. ¡También podía moverse!
-         Adiós Arbolito jo jo jo jo….
Papá Noel desapareció por la chimenea. A Arbolito le pareció ver a un trineo por la ventana alejarse.
Al rato se prendieron las luces del comedor, era la familia que regresaba.
Todos gritaron ¡Vino Papá Noel! Los niños se tiraron abajo del árbol a abrir sus regalos. Arbolito se esforzó por brillar en todo su esplendor en ese momento. Él era un gran árbol de Navidad, el más lindo de todos. Ahora entendía cual era su misión, aunque durara poco no le tenía que importar. El resto del año se quedaría descansando y preparándose para la siguiente Navidad así como hacía Papá Noel. Y cuando se sintiera un poco melancólico recordaría las palabras hermosas que había recibido de la gente.
Pasaron los días. Arbolito no se había animado a hablarle todavía al niño, y pasó lo que tenía que pasar. Esta vez Joaquín se subió con más cuidado al banquito y quitó el puntero. Después siguió con lo demás y así fue desarmando todo el árbol. Luego lo tomó entre sus brazos y fue juntando las ramas con delicadeza. Arbolito sabía que le tocaba la época de receso, había decidido que descansaría y recobraría fuerzas para el próximo año. Le gustaba como Joaquín lo guardaba, lo hacía con mucho cariño. Y de esa forma volvió a su caja, y ésta al baúl.
Cuando Joaquín terminó y se dirigía a  subir las escaleras del sótano que lo llevaban a la casa, escuchó un sonido y se dio vuelta. Quedó perplejo. Hubiera jurado que desde el baúl le decían: “Gracias Joaquín, hasta el próximo año”.


¡FELIZ  NAVIDAD!

Alicia