miércoles, 30 de noviembre de 2011

La carta


Los perros ladraban, se asomó por la ventana y vio al cartero que se iba.
¿Qué extraño? Hace mucho tiempo que no viene el cartero por acá.
Se puso un abrigo y salió al jardín. Fue hasta el portón de la entrada y abrió el buzón. Tomó la carta, estaba dirigida a ella. Dio vuelta el sobre para ver el remitente. No podía creer lo que estaba leyendo. Las manos le comenzaron a temblar. Guardó la carta en el bolsillo y entró a la casa. De inmediato sintió unas ganas inmensas de deshacer de ella o de que todo eso fuera un sueño. Tomó la carta pero le quemaba en las manos.
¿Por qué después de tanto tiempo una carta de él? La volvió a guardar.

No había tenido novedades de Ernesto desde aquella noche en la que se fue sin dar explicaciones. Ella había quedado desconsolada, pero poco a poco las lágrimas fueron borrando el dolor. Estuvo esperando mucho tiempo cualquier tipo de señal de parte de él. Ahora que tenía una carta no sabía que hacer con ella.
¿Cambiaría en algo lo sucedido el tener una respuesta?
Estuvo toda la mañana dando vueltas. Tenía que ponerse a realizar las tareas de la casa pero le faltaba energía. No se podía concentrar en nada. Ese día llegaba Pedro del viaje y eso la ponía nerviosa, pero era mejor así, se lo contaría todo.
Había guardado la carta en un lugar donde nadie la pudiera encontrar. Trataba de olvidarse aunque fuera por un rato de todo lo sucedido. Dedicó el resto de la mañana a cocinar algo rápido para sus hijos. Los niños estaban por llegar de la escuela. Escuchó el ruido de la bañadera que los  traía. Entraron golpeado la puerta y haciendo un gran escándalo. Sebastián se colgó del cuello de su madre.
-         ¡Mamá! ¡Mamá! Puedo ir a jugar a lo de Julián.
-         Sólo si Martín va contigo.
-         ¡Mamá! Tengo que estudiar, no puedo.
-         A Martín no le gusta ir a lo de Julián, le da mucha vergüenza porque su hermana lo mira.
-         Dejate de decir estupideces Seba.
-         Sí, es por eso, ella anda diciendo en la escuela que es el novio.
Martín se marchó enojado al cuarto sin decir palabra.
-         Sebastián, no digas esas cosas, a Martín no le gusta.
-         Bueno, esta bien, pero es verdad. ¿Podré ir solo por esta vez? La mamá de Julián me dijo que después me trae a casa.
-         Decile a tu hermano que te acompañe, no tiene por qué quedarse. Pero que se asegure que la madre de Julián te traiga a casa temprano. ¿Entendiste?
-         Sí, mamá, gracias – Le dijo dándole un beso.
Los chicos se fueron y otra vez volvió el silencio a la casa.

La carta, la carta. ¿Qué haría con la carta?
Escuchó el ruido de un auto, era Pedro que regresaba del viaje. Abrió la puerta y tiró las valijas. Fue corriendo al encuentro de los brazos de su esposa.
-         ¡Hola mi amor!
-         ¡Pedro! ¡No sabés como te extrañé!
-         Bueno, pero ya estoy en casa otra vez. Te escuché un poco preocupada cuando hablamos por teléfono. ¿Qué me tenías que decir?
-         Mejor comemos y después te cuento. ¿Sí? No tiene mucha importancia. Creo que exageré un poco.
-         Cómo quieras, estoy un poco cansado.
Luego de comer se sentaron abrazados en el sillón del living. Había sido un invierno duro. Él había prendido el fuego. Ella sentía el calor del hogar. Se quedaron abrazados los dos por largo tiempo mirando el fuego. Ella sabía que en cualquier momento Pedro le preguntaría que era lo que tenía que contarle. ¿Por qué le dije que tenía que hablar con él? Ahora no puedo escapar.
Pedro intuía algo, no se animaba a iniciar la conversación.
Ella caminó hacia el fuego. Se quedó de espaldas a Pedro mirando como las brasas consumían todo. Metió la mano en el bolsillo y sacó el sobre que aún estaba cerrado.
-    ¿Amor, estás bien?
-         Sí Pedro, ahora que volviste estoy mucho mejor.
Se sentó nuevamente a su lado acurrucándose en su pecho. Pedro guardó silencio y no volvió a tocar el tema. El fuego cobró vida y terminó con el pasado.

sábado, 2 de julio de 2011

La buhardilla

Castillo Pitamiglio

La buhardilla era un lugar misterioso. El culpable de las fábulas que existían en torno a ella era el abuelo Mario, que con sus incontables historias asustaba a los niños, Martina y Andrés.
Alguna vez tomados de las manos subieron las escaleras, pero los ruidos y murmullos los hacían desistir y luego demoraban varios meses en realizar otro intento.
-         ¡Martina! ¡Martina!
-         ¿Qué querés? Estoy estudiando. ¡No molestes!
-         Me parece que tendríamos que subir hoy.
-         ¿Hoy, y por qué hoy?
-         Todos se van a la ciudad, yo no tengo ganas de ir. Les podemos decir que nos quedamos estudiando.
-         Yo sí me voy a quedar estudiando. Vos tendrías que hacer lo mismo.
-         ¡No empieces a retarme como siempre! Tengo buenas notas, no son tan excelentes como las tuyas pero están bien.
Andrés estuvo un rato tratando de convencer a su hermana. Martina era una niña muy aplicada pero a la vez le divertían las travesuras del hermano, así que muchas veces se dejaba llevar por él. La buhardilla era un lugar interesante para ambos. Tenía un atractivo especial porque era un lugar prohibido. Hacía tiempo que entre los dos había un pacto en el que se prometieron mutuamente descubrir sus misterios. Formaban un equipo.
En la casa no quedó nadie. La sirvienta estaba enferma. Los padres de los niños no se quedaron muy conformes en dejarlos. Pero a la vez pensaban que ya no eran tan pequeños y bien podían quedar solos por un par de horas.
Se asomaron por el hueco de la escalera que iba hacia lo alto. Estaba muy oscuro.
-         Martina prendé la luz, no se ve nada.
La niña estiro el brazo pero la llave estaba rota.
-         Está rota Andrés. ¿Qué hacemos? Me da miedo subir a oscuras. ¿Cuándo se rompió? La última vez que llegamos hasta la puerta andaba.
-         No importa, tengo una linterna, la traje porque no sabemos si adentro tendremos luz.
Los niños subían escalón a escalón. Se escuchaban los chirridos de la madera al pisar. En cada paso se abrazaban un poco más.
-         ¡Andrés me estás lastimando!
-         ¡Pero si sos vos la que se me pega como chicle!
Martina orgullosa se separó de él al instante. Se tomaron de las manos.
-         ¿Qué más te contó el abuelo Mario la última vez?
-         No vas a querer saberlo.
-         ¡Contame por favor!
-         Parece que en esta casa hace muchos años vivía un niño que se llamaba Pedro. Un día escuchó unos ruidos y subió solo. Entró pero al querer salir no encontró la puerta. Según el abuelo una vez que entrás a la buhardilla la puerta desaparece y no podés regresar. La única manera es que alguien de afuera entre.
-         ¿Y que le pasó a ese niño, Andrés? ¡Me estás asustando!
-         Nunca lo encontraron.
-         ¿Cómo que nunca lo encontraron?
-         Sí, no se sabe bien, según el abuelo, ahí adentro también hay otras puertas que te llevan a lugares desconocidos.
-         ¡Andrés yo no voy a entrar!
-         ¡Martina, prometiste que me ibas a acompañar!
-         Sí, pero esta última historia yo no se la había escuchado al abuelo. Yo sólo sabía que ahí adentro podía haber algún genio malo o duende. Pero no sabía que los niños desaparecían.
Martina comenzó a llorar.
-         ¡Martina no llores!
Las lágrimas de la niña corrían desconsoladamente por el rostro.
-         Martina no te va a pasar nada, estás conmigo – Le dijo Andrés secándole las lágrimas con un pañuelo que llevaba en el bolsillo.
-         ¿Pero si quedamos encerrados?
-         No vamos a quedar encerrados porque no vamos a cerrar la puerta. Le ponemos algo para que no se cierre.
Martina no estaba muy convencida, pero no quería decepcionar a su hermano y siguió subiendo la escalera, cada vez más aterrada.
Llegaron a la puerta. Andrés tomó el pestillo y lo dio vuelta. Estaba trancada. Tomó un poco de impulso y empujó con fuerza. La puerta se abrió.
 Un frío intenso salió de la habitación. Andrés trataba de alumbrar con la linterna pero la luz era absorbida por la oscuridad.
-         ¡Andrés, no vamos a entrar ahí!
-         Bueno si está bien – Andrés tartamudeaba
-         Esperá, dejame ver si al lado de la puerta hay alguna llave de luz.
-         ¡No metas el brazo ahí Andrés!
-         ¡Por favor Martina, no me estás ayudando!
-         Tranquila, sólo voy a tantear para ver si encuentro la luz.
El brazo del niño se introdujo en la oscuridad. Tocó la pared, encontró una llave. La levantó. Al instante todo quedó iluminado.
Los niños se asombraron con lo que vieron. No era una habitación tan desagradable. Estaba todo ordenado.
-         Martina ¿Entramos? No parece que haya nada malo acá adentro.
-         No estoy segura. Pero no cierres la puerta.
Andrés dejó la linterna entre la puerta y el marco para asegurarse que no se trancaría sola.
Se tomaron de las manos de nuevo, y fueron dando pasos cortos hasta entrar en la habitación. Había un escritorio, una biblioteca, un sillón. Todo estaba limpio y ordenado.
-         Este no parece un lugar donde desaparezcan los niños.
Escucharon unos pasos en las escaleras, se abrazaron. No tuvieron tiempo de esconderse.
-         ¡Chicos son ustedes! ¡Son unos sinvergüenzas! ¿Cómo se animaron a venir hasta aquí con todas las historias que les inventé?
-         ¡Abuelo! – gritaron los niños al unísono.
El abuelo reía a las carcajadas.
-         ¿Qué estás haciendo acá abuelo?
-         Aaah bueno tus padres me llamaron. Se demoraron y tenían miedo por ustedes porque  estaban solos. Les dije que yo vendría a cuidarlos un rato. No vivimos tan lejos.
-         ¡Nos pegaste un gran susto!
-         Abuelo, acá no hay nada raro. La buhardilla está más limpia que mi habitación – le reclamó Andrés.
-         Bueno niños, no se enojen con su abuelo. Es que este es mi espacio, donde vivo no tengo mucho lugar. Acá me escondo a leer y a recordar viejos tiempos. Sé que no estuvo bien de mi parte haberles ocultado esto. Pero en realidad al principio les conté alguna historia que me contaron a mi alguna vez para que no vinieran a jugar. No quería que me rompieran algo o que desordenaran mis cosas. Después me entusiasmé con las historias, e inventé alguna más. Ustedes se entretenían tanto…Aparte no todas son mentiras.
-         ¡Qué mal abuelo! No te hubiéramos roto nada – Martina sollozaba
-         Ven aquí niña no llores.
De pronto un golpe sordo los estremeció a todos.
La puerta se trancó y se cerró para siempre…

sábado, 7 de mayo de 2011

La libretita

Cuento publicado en el último libro del taller literario: "Escritores de medio tiempo".
¡El que no compró se lo perdió!


Estaba todo lleno de escombros y se hacía difícil caminar entre todo ese basurero. Me preguntaba a mí misma cual fue el motivo por el cual decidí hacer un atajo. Pero ahí estaba esquivando ladrillos y lastimándome los pies. Y peor aún estropeándome los zapatos. No tenía muchos zapatos. Siempre preferí un calzado más cómodo. Por eso sentía más rabia. Igual algo me decía que siguiera…
Había muebles viejos y deteriorados alrededor. Me enganché un pie en unas maderas que había en el piso. Mientras trataba de zafarme vi algo tirado que me llamó la atención. Era una libretita con las tapas casi  sueltas. Estaba dentro de un cajón roto que habría pertenecido a algún mueble. Me agaché para levantarla, teniendo mucho cuidado que no se rompiera y la sacudí. Las páginas estaban un poco sucias. Comencé a hojearla. Estaba escrita con lápiz, lo que dificultaba la lectura. En una de las hojas encontré unas frases interesantes: “…cruzar el umbral para llegar a otros planos…”, “…dominar los cuatro elementos…”. Lamenté que las frases estuvieran incompletas. Eran apuntes muy extraños. La guardé en un bolsillo y seguí caminando hasta atravesar toda la casa derrumbada y llegar al otro lado. Me prometía que era la última vez que se me ocurría hacer algo así.

-         Decime Marisa, en la casa de la esquina ¿quién vivía?
-         Ni idea.
-         ¿Hace mucho que está en ese estado?
-         Sí, desde que me conozco está así. No se sabe quién es el dueño ni quién vivía. ¿A qué se debe tu interés? Mejor no te acerques demasiado…
-         ¿No? ¿Por qué?
-         Se cuentan historias, pavadas…
-         ¿Que clase de historias? – contesté intrigada.
-         Nada, leyendas urbanas.
-         ¡Y ahora me lo decís, qué acabo de pasar por ahí!
-         ¿Cómo que acabás de pasar por ahí?
-         Sí, corté camino, no tenía ganas de dar la vuelta y me metí por ahí.
-         ¡Estás loca! Primero porque siempre hay gente que se mete ahí a drogarse o a pasar la noche, y segundo porque todo ese lugar está encantado.
-         ¿Encantado? – largué la carcajada.
-         Sí, encantado o embrujado como le quieras llamar. La mayoría de las veces los que se meten ahí a vivir porque no tienen a donde ir no duran ni una noche.
-         ¿Quién te dijo todo eso? ¿Será verdad?
-         No sé, cosas que se dicen…
-         Bueno no será para tanto, a mí no me pasó nada.
-         Igual por las dudas no vuelvas a entrar, viste que nadie cree en brujas pero que las hay las hay…

Se me hizo tarde charlando con Marisa. Cuando me di cuenta que era de noche, me fui a las apuradas. No quería pasar por ahí otra vez. Por lo general no era de asustarme con facilidad, pero tanto cuento misterioso había logrado amedrentarme. Tenía la libretita en el bolsillo de la campera. No quería ni tocarla. ¡Para que la habré agarrado! Di la vuelta por la otra cuadra para pasar lejos de la esquina. No quería mirar para ese lado. Tenía la sensación de que alguien me observaba. Cuando llegué a mi casa, me pegué un baño caliente y me metí en la cama. Ya estaba más tranquila o trataba de convencerme de que era así.
Al otro día ya no me acordaba mucho del asunto, salvo cuando metí la mano en el bolsillo de la campera para agarrar un pañuelo. Uyy ahí estaba Dejé la libreta en la mesa del comedor y me fui a trabajar. No quería quedarme con ella pero tampoco quería tirarla. A la vuelta decidiría que haría.

De regreso me dispuse a seguir leyendo la libretita. Ya no me provocaba tanta desconfianza. ¿Qué me podía pasar? Una vez más me preguntaba por qué la que escribió todo eso usó lápiz. Apenas se veía y tenía que forzar la vista. Aunque pensándolo bien, yo también prefería escribir con lápiz cuando sacaba apuntes, para poder borrar y corregir con más facilidad. Mientras pensaba en eso me di cuenta de que hablaba de la persona que escribió todo aquello como si fuera mujer. ¿Sería mujer? Algo me decía que sí.

Daba vuelta las hojas con mucho cuidado porque algunas estaban sueltas. Encontré una frase que pude leer con claridad: “…estar atenta a las señales…”. La forma en la que esa libreta llegó a mis manos había sido extraña. ¿Eran esas las señales a las que se refería?
Estuve por largo rato rescatando frases sueltas, que no parecían tener relación, pero luego que las leía me daba cuenta que no era así.
 “…estamos todos interconectados…”, “… observar a mi alrededor…”, “… conectarme con mi esencia…”
Encontré dibujados unos símbolos. Al lado de cada uno de ellos había una palabra escrita en imprenta sin ningún significado aparente. Cualquiera hubiera pensado que era algo macabro pero mi intuición me decía que no. Estuve buscando en Internet su significado. Todos eran utilizados para dar energía o como protección. ¿De que me necesitaría proteger yo? Siempre fui bastante racional aunque tratando de dejar un pequeño espacio para el misterio. Nunca me había pasado nada que me hiciera pensar que el mundo era más de lo que los sentidos percibían, aunque siempre tuve esperanzas de que no fuera así. Por eso mis libros preferidos siempre fueron esos en los que se podían viajar a otros mundos, donde la realidad era la fantasía.

Pasaron varios días y yo andaba un poco distraída. Algunos conocidos me notaban rara. No andaba apurada como siempre. Trataba de ser más observadora. Me dejaba llevar por los consejos que sin querer había recibido. Me tomaba el tiempo necesario para mirar el mundo en el que vivía y encontrarme en él. Empezaba a disfrutar de cosas simples. Me sentaba al sol a no hacer absolutamente nada. Sólo a estar presente en ese momento. Encontré otras frases: “… unir lo femenino con lo masculino, el padre y  la madre…”, “…escuchar a la naturaleza…”, “ver las cosas con asombro”.   Parecía que las frases estaban incompletas por algo. ¿Era todo esto un acertijo?

Decidí que tenía que conocer más a la responsable de esos apuntes. Hoy iba a visitar a Marisa pero antes pasaría por la casa derrumbada.
Entré con un poco de miedo, pero tenía que hacerlo. Fui hasta el lugar donde había encontrado mi libretita, pero no había nada. Ni siquiera los cajones donde la encontré. El lugar estaba distinto, los muebles viejos ya no estaban. ¿Habré encontrado la libretita estando en otro plano? ¿Y eso me había permitido encontrarla estando en otro tiempo y espacio? Un ruido a mis espaldas me alertó.

-         Señorita ¿Necesita algo? – una señora de aspecto descuidado me preguntaba.
-         No, sólo pasaba por acá. ¿Vive usted en este lugar?
-         A veces, cuando no tengo donde dormir ¿Usted conoce a la chica?
-         Chica ¿de que chica me habla?
-         La que vivía acá hace años. Usted se parece a ella.
-         No, no la conozco, pero puede ser que tenga algo que le pertenece.
-         ¿Sí? ¿Qué cosa?
-         Unos apuntes viejos escritos en una libreta.
-         ¿Así? ¿Me los deja ver? – me dijo mientras se acercaba.
-         No los tengo aquí – le mentí.
-         Es una pena, yo te podría ayudar a descifrarlos.
-         ¿Cómo sabe usted que necesito ayuda?
El rostro de la mujer se tornaba más duro y se desfiguraba. Me estaba poniendo nerviosa.
-         Yo conocía a esa chica y sé de las cosas que escribía. Yo que usted no me quedaba con nada de ella…
Me acerqué a lo que fue en otro tiempo una ventana. Quería encontrar una forma de escapar de ahí. Comencé a pensar en los símbolos de protección que había en la libreta. Fue lo único que se me ocurrió.
-         No era mi intención tomar algo que no era… - cuando me volvía para contestarle, la señora no estaba.
¿A dónde se había ido tan rápido? Me asusté y salí corriendo. Me fui a mi casa, no iría a lo de Marisa.

¿Esa señora quién era? ¿Sería un fantasma? Daba vueltas en la cama. Me tapaba la cara con la sábana como cuando era niña. Estaba casi dormida cuando sentí una presencia en mi cuarto. Era una sensación extraña pero no me producía miedo. Me llamaba por mi nombre. Me levanté sobresaltada.
-         ¿Quién es? ¿Qué quiere?
-         No te asustes.
Una mujer estaba a los pies de mi cama, era muy joven. Su rostro tenía algo especial, me inspiraba confianza aunque nunca la había visto.
-         ¿Quién sos?
-         No importa quién soy.
-         ¿Sos la dueña de la libreta? Yo no quise…
-         La libreta es tuya. No la encontraste por casualidad.
-         Pero yo no entiendo nada de lo que dice. No sé si podré descubrir su significado. Aparte está casi destruida.
-         Lo más importante sobrevivió y ahora está en tus manos seguir este camino.
-         ¿Camino? ¿Cuál camino?
-         Todos tenemos un camino. Tú acabas de descubrir uno. Está en tí si quieres seguirlo o no.
Me quedé sin palabras. No sabía de qué hablaba pero a la vez sentía que había cosas nuevas destinadas para mí. Creo que se dio cuenta de mi incertidumbre cuando siguió hablando.
-         No te apresures en tomar una decisión. Esos apuntes los escribí hace mucho tiempo. Mi maestro me enseñó todo lo que está allí escrito. Es hora de que otra persona los utilice así como lo hice yo, y debes tener cuidado. En tu camino te vas a encontrar con muchos seres oscuros, como el que te cruzaste hoy.
-         ¿Te referís a la señora?
-         Sí, a ella. Tenés que tener la suficiente intuición y discernimiento para alejarte de la oscuridad e ir hacia la luz. Pero nunca le temas. La luz siempre triunfa. Usaste bien los símbolos hoy, lograste defenderte. Ahora me tengo que ir.
-         No te vayas, cuéntame más de ti.
-         Lo que te pueda contar de mí es irrelevante. Yo ya estoy en otro plano.
-         ¿Otro plano? De eso hablás en tus apuntes, de llegar a otros planos.
-         Eso lo tendrás que descubrir tú. No pierdas las esperanzas.
En un instante todo se esfumó. Abrí los ojos, me desperté. ¿Había sido un sueño?

Estaba sentada al sol como de costumbre mirando el cielo. Tenía la libretita en la mano. La había mirado cientos de veces. La abrí en cualquier página y observé algo que había pasado por alto hasta ese momento. Al final de algunas hojas había dos iniciales. ¿Serían las iniciales del nombre de la chica que escribió todo? ¿Por qué no le pregunté su nombre? Era muy probable que no la volviera a ver. Mientras me lamentaba pude entender por qué yo había encontrado la libretita. Mis iniciales eran las mismas. Había descubierto otra señal. Teníamos cosas en común ella y yo y por eso me había elegido.

Miré el cielo y agradecí a esa chica, que quién sabe donde estaba, por darme la oportunidad de conocer sus secretos. Todavía me faltaba mucho por aprender pero había dado el primer paso hacia un mundo desconocido y fascinante. Antes de cerrar la libretita fui hacia la última hoja y como una respuesta a mis preguntas encontré otra frase que no había visto. Juraría que antes no estaba allí, y que apareció para mí en ese instante, decía:
“La magia existe, sólo debemos guardar un espacio para ella y la encontraremos.”

CONTINUARA...  

lunes, 13 de diciembre de 2010

Arbolito

 Dedicado a todos los que llevamos un niño adentro...

Navidad 2008 - Rockefeller Center

El árbol había estado guardado en una caja, había pasado todo el año ahí. No entendía mucho por qué, pero una vez al año lo sacaban de ese lugar para decorarlo, recobrando así la vida. Le gustaba revivir aunque sabía que eso no duraría. Al poco tiempo retornaba a la caja. No se acordaba qué había sido antes de ser arbolito de Navidad. Tenía unos vagos recuerdos de haber estado en una tienda con otros iguales a él. De a poco los iban escogiendo. Vio como algunos de sus hermanos se iban pero él seguía en la tienda.
-         ¡Mamá, todavía queda un árbol ahí!
-         Ese no Joaquín. ¿No ves que tiene una de las ramas caídas?
Entonces entendió cuál era el motivo por el que no lo llevaban. Quiso moverse o hacer algo para que lo tuvieran en cuenta y llamar la atención. Quería gritarle al niño que lo había visto, pero no podía.
-         Señora, si se quiere llevar el árbol se lo dejo más barato – ofreció el empleado.
-         Sí mamá, es un árbol lindo.
-         Bueno, si a vos no te importa que no esté bien del todo lo llevamos.
Así fue como Arbolito encontró un hogar. De inmediato remendaron la rama caída, por suerte no era nada grave. Lo adornaron con muchas bolitas de colores. Luego lo llenaron de guirnaldas y de luces que prendían y apagaban. Por último le colocaron un enorme puntero que lo hacía mucho más alto. Estaba feliz. Otro día pusieron enormes paquetes debajo de él. Arbolito se encargaría de cuidarlos. Cuando llegó la Navidad todos abrieron los obsequios. Observó con ternura la cara de los niños abriendo sus regalos.
¡Qué linda tarea cumplo, es hermoso ser árbol de Navidad!
Pasaron los días, y una mañana bien temprano la dueña de casa se subió a un banquito y le quitó el puntero. ¿Por qué haría eso? Se preguntaba. Y siguió, quitó las guirnaldas, las luces de colores, todo, quedó desnudo otra vez como cuando llegó al mundo. ¿Tendría que volver a la tienda de nuevo? Lo peor fueron sus ramas, las doblaron hacia arriba y las pegaron al tronco. Le dolió mucho, pero no sabía gritar. Lloró en silencio cuando lo metieron en una caja y lo encerraron en un baúl viejo.
Cada año revivía, en la oscuridad contaba los días para salir. Se le hacía muy largo todo ese tiempo. Desde donde estaba escuchaba algunas veces a uno de los niños jugar. Por lo menos eso le devolvía la vida por unas horas.
-         Joaquín, te dije que no vayas al sótano. Está muy oscuro te podés caer.
-         Sí mamá, ya voy.
-         Dale, vení a cenar.
Joaquín de mala gana subía las escaleras y se iba.

Ese año Arbolito no estaba tan contento de que llegara la Navidad, porque sabía lo que le esperaba después. Se resistía a tener un momento de plenitud tan breve. Él quería ser árbol de Navidad todo el año.
-         Mamá, tenemos que armar el árbol, éste es el día.
-         Estoy tan cansada. Mejor lo armamos mañana.
-         ¿Cómo mañana? Siempre dijiste que el ocho de diciembre es el día que se arma porque es el día de la Virgen.
La madre quedó en silencio, no tenía respuesta para eso.
-         Sí, tenés razón, en la tarde lo hacemos.
Joaquín estaba más grande. Este año él pondría el puntero en el árbol.
-         Tené cuidado de no caerte.
-         Sí, mamá, llego bien con este banquito.
Pero no llegó, se subió mal, colocó el pie muy al borde. El banquito se tambaleó y fue a dar al piso junto con Joaquín que cayó encima del árbol.
-         ¡Joaquín, te dije que tuvieras cuidado! ¿Estás bien? – gritaba su madre mientras salía de la cocina sobresaltada por el ruido de la caída.
-         Sí, estoy bien, el pobre árbol fue el que se llevó la peor parte, mamá – le contestaba mientras se incorporaba y se tocaba el cuerpo para comprobar que estaba todo en orden.
-         Bueno, nunca fue muy lindo, acordate que le tuvimos que arreglar una de las ramas.
-         Sí, ahora se las vamos a tener que arreglar todas - decía Joaquín mirando lastimosamente al pobre árbol caído.
Arbolito estaba conmocionado, había sido todo muy rápido. El chico se le vino encima y ahora algunas de sus ramas se habían quebrado. No se sentía mal del todo, porque gracias a él Joaquín no se había lastimado pero había quedado muy mal herido.
-         Joaquín, no pierdas tiempo con ese árbol, mañana compramos otro.
-         No quiero, lo puedo arreglar yo, aparte la culpa de todo esto no la tiene el pobre árbol.
-         Bueno, como quieras, pero no te acuestes muy tarde.
Joaquín tomó varias herramientas y algunos alambres, pasó muchas horas dejando las ramas en su lugar. Le vino sueño y se quedó dormido. Se recostó en el árbol que había apoyado en la pared mientras lo arreglaba. Arbolito lo abrazó con cariño y lo acunó toda la noche. Había sido duro lo que le había pasado pero se sentía muy querido por ese niño.
-         ¡Joaquín a tomar la leche! ¿Joaquín, dónde estás?
Se despertó entre las ramas del árbol.
-         Mamá, ya voy.
Se fue rápido a la cocina tratando de disimular que venía del cuarto y no del comedor.
-         ¿Dormiste bien anoche? ¿Terminaste con el árbol?
-         Sí, terminé.
-         Bien, entonces dentro de un rato lo armamos.

Fue así que Arbolito quedó en el comedor mirando hacía la ventana. Veía a la gente pasar. Algunos se quedaban observándolo. Él disfrutaba de todo eso. Algunos amigos de la familia que iban de visita se quedaban admirándolo y decían: “¡Qué hermoso árbol de Navidad!”.  Pero él a pesar de los halagos no se sentía completamente feliz. No podía olvidarse que dentro de unos días estaría otra vez encerrado.
El veinticuatro de diciembre de noche, la casa se había quedado vacía porque todos  habían ido a la iglesia y a visitar a unos parientes. Por la chimenea entró un señor muy gordo todo vestido de rojo y larga barba blanca.
-         Hola Arbolito. ¿Cómo andás?
Era la primera vez que alguien se dirigía a él.
-         ¿Me está hablando a mí?
-         ¿A quién si no?
En ese momento cayó en la cuenta de que él le había contestado. ¡Podía hablar! Tantos años calladito. ¿Por qué no lo intentó antes?
-         ¿Qué te pasa? Soy Papá Noel. ¿No me conocés?
-         Sí señor, discúlpeme. Lo que pasa que otros años no lo vi llegar.
-         Es que los otros años siempre te encontré dormido. ¡Qué bueno que hoy estés despierto! A mí me gusta conversar, pero no encuentro con quién hacerlo. Siempre estoy apurado. Pero este año me dije a mi mismo que iba a hacer las cosas con más tranquilidad.
-         Me parece bien señor Papá Noel.
-         Jo jo jo – Papá Noel largó una de sus clásicas carcajadas – no me llames señor, dime sólo Papá Noel. ¿No te habías dado cuenta que podías hablar, verdad? A casi todos les pasa. Les enseñan que algunas cosas no las pueden hacer y ellos se las creen. Entonces nunca lo intentan.
-         Me da mucha pena no haberme dado cuenta antes – Arbolito se puso triste y algunas de sus luces se apagaron.
-         ¡Pero no! ¡No hagas eso!
-         ¿Qué no haga qué?
-         No te pongas triste, lo importante que hoy te diste cuenta que podías hablar, no mires al pasado.
-         Pero si yo hubiera hablado antes. Le podría haber agradecido a Joaquín lo lindo que me dejó.
-         Todavía estás a tiempo de agradecerle. Ahora sí, no te demores mucho porque cuando sea mayor ya no te va a poder escuchar. Puedes intentarlo más tarde si quieres. Ahora me voy a poner a trabajar – le decía mientras sacaba algunos paquetes de su bolsa roja y los ponía abajo del árbol.
-         ¿Entonces eras tú el que ponía los regalos?
-         Sí claro. ¿Quién más iba a ser?
-         Siempre hablaban de tí pero como nunca te vi, no creí que existieras.
-         Yo existo para el que quiera creer en mí.
Arbolito quedó pensativo. Ahora estaba rodeado de muchos paquetes de todos los tamaños con moñas de colores.
-         ¿Papá Noel, te puedo hacer una pregunta? ¿Por qué, la Navidad dura tan poco? ¿Por qué luego todo se vuelve oscuro? Me guardan en una caja y yo paso muy mal hasta la siguiente Navidad.
-         Pero Arbolito querido, tienes que aprender mucho todavía. Nosotros sólo aparecemos en esta época. Pero eso no nos tiene que poner tristes. Si te pasas todo el tiempo pensando en lo que va a suceder no puedes disfrutar el ahora. ¡No puedes disfrutar la Navidad!
-         ¿Pero que puedo hacer metido en una caja todo un año?
-         A mí no me pasa eso. Yo vuelvo a mi hogar contento por haber cumplido la tarea. Entonces me acuesto a dormir una siesta reparadora, cuando quiero acordar ya es Navidad otra vez. Los seres como nosotros tenemos un propósito y lo cumplimos. Tenemos que estar felices de que hacemos lo mejor que podemos nuestro papel.
Arbolito pensaba y pensaba. Papá Noel tenía razón. Se la pasaba todo el año sufriendo y cuando llegaba la Navidad no la disfrutaba.
-         Arbolito, me tengo que ir. Tengo que ir a visitar a otros como vos y dejar muchos regalitos.
-         Gracias Papá Noel por tus consejos – Arbolito hizo fuerza y movió una sus ramas a modo de adiós. ¡También podía moverse!
-         Adiós Arbolito jo jo jo jo….
Papá Noel desapareció por la chimenea. A Arbolito le pareció ver a un trineo por la ventana alejarse.
Al rato se prendieron las luces del comedor, era la familia que regresaba.
Todos gritaron ¡Vino Papá Noel! Los niños se tiraron abajo del árbol a abrir sus regalos. Arbolito se esforzó por brillar en todo su esplendor en ese momento. Él era un gran árbol de Navidad, el más lindo de todos. Ahora entendía cual era su misión, aunque durara poco no le tenía que importar. El resto del año se quedaría descansando y preparándose para la siguiente Navidad así como hacía Papá Noel. Y cuando se sintiera un poco melancólico recordaría las palabras hermosas que había recibido de la gente.
Pasaron los días. Arbolito no se había animado a hablarle todavía al niño, y pasó lo que tenía que pasar. Esta vez Joaquín se subió con más cuidado al banquito y quitó el puntero. Después siguió con lo demás y así fue desarmando todo el árbol. Luego lo tomó entre sus brazos y fue juntando las ramas con delicadeza. Arbolito sabía que le tocaba la época de receso, había decidido que descansaría y recobraría fuerzas para el próximo año. Le gustaba como Joaquín lo guardaba, lo hacía con mucho cariño. Y de esa forma volvió a su caja, y ésta al baúl.
Cuando Joaquín terminó y se dirigía a  subir las escaleras del sótano que lo llevaban a la casa, escuchó un sonido y se dio vuelta. Quedó perplejo. Hubiera jurado que desde el baúl le decían: “Gracias Joaquín, hasta el próximo año”.


¡FELIZ  NAVIDAD!

Alicia

martes, 7 de diciembre de 2010

Encuentro con las estrellas


Estancia "La Aurora"

Caminaba en la noche. Un pozo en el camino hizo que tropezara. En la caída la linterna se me escapó de las manos. Había quedado a oscuras, me asusté. Sin esa luz no era nada. Me levanté rápido mirando a todos lados. ¿Quién me iba a ver? Pero en la oscuridad descubrí una luz más poderosa. Eran millones y estaban todas para mí. Observé el cielo embelezada. Hacía años que no lo veía de esa forma, no había luna.
Una vez recuperada traté de buscar la linterna, estaba tirada a un costado. Le di varios golpes, no andaba, la caída había sido mortal. Abrí la mochila y la registré en busca de la otra que llevaba de repuesto. ¿A quién se le ocurre salir con dos linternas? ¿Por qué siempre tengo que tener todo bajo control? Estuve a punto de prenderla pero no lo hice. Seguí caminando. Esta vez las estrellas me iluminarían…

Debo admitir que fue una ocurrencia muy loca caminar de noche hasta la estancia “La Aurora”. Imaginaba en mi cabeza el diálogo que hubiera mantenido con mi madre si se hubiera enterado de la expedición.
-         ¡Vos siempre la misma, estás loca! ¡A estas horas vas a andar por ahí, te podés cruzar con alguien peligroso!
Si me cruzo con  alguien va a ser otro loco como yo, así que no hay peligro, pensé.

Hacía tiempo que tenía ganas de ir de noche, porque las leyendas que había entorno a “La aurora” podrían cobrar vida. Se comentaba de luces en el cielo de origen desconocido y marcas en el pasto de objetos extraños. Todos los lugareños concordaban que era un sitio especial. En una de esas descubriría algo…
En frente a la entrada de la estancia, se encontraba la gruta dedicada al Padre Pío, donde muchos devotos iban en busca de ayuda. Su vida llena de milagros y sufrimiento siempre me había interesado. Había sido un hombre muy bondadoso y carismático. Cuentan que el Padre Pío después de muerto, se le apareció al dueño de la estancia para indicarle donde tendría que construir la gruta, y éste así lo hizo.

Caminaba, ya conocía el trayecto, pero nunca lo había recorrido de noche. Eran en total ocho kilómetros entre ida y vuelta. La mochila pesaba un poco, en ella llevaba agua, comida y abrigo. Aunque no hacía mucho frío. ¿Será bueno ser tan precavida para todo? Quizá tendría que aprender a andar más a la deriva. Tenía un poco de miedo. Todavía puedo regresar. ¡No,  después de todos los preparativos no me puedo echar para atrás! Ya falta poco, me animaba. Pero eran mentiras. Todavía quedaba bastante. Me dolían un poco las piernas. Paré para observar el cielo. Se veía maravilloso. A medida que caminaba a lo lejos se divisaba una luz, supuse que era la entrada a la gruta. Me serviría de guía junto con las estrellas.

Los bichitos de luz se me acercaban. Me recordaba a mi niñez cuando vivía en el campo y jugaba con ellos. Me detuve otra vez, tenía que recordar ese cielo. Escuchaba las vacas que mugían a lo lejos y el murmullo de los grillos. No se veía ni un alma alrededor.
Seguí caminando. Ya se me estaba yendo el miedo que había experimentado al principio. Los pies cada vez más rápidos habían logrado cierto ritmo, la luz estaba cada vez más cerca, ahora si faltaba poco…

Llegué a la estancia, había cumplido una gran misión. Pensar que había tenido tanto miedo cuando salí. No fue para tanto.
Me paré junto al cartel que estaba a la entrada. ¡Por fin estoy aquí! Este era el único punto en el cual los dueños permitían entrar a gente desconocida. Me adentré por el caminito que sale a un costado y que finaliza en la gruta. Llegué a donde estaba la imagen del padre Pío. Estaba mucho más oscuro. Busqué un sitio cómodo para quedarme. Encontré una piedra bastante grande alejada de la gruta que sobresalía en el medio del campo. Me senté en ella, dejé  la mochila a un lado y esperé… ¿Esperaba algo? No, no esperaba nada, sólo quería sentir el momento.
Estuve mucho tiempo mirando el cielo. Varias estrellas fugaces lo cruzaron. Se respiraba olor a campo. El mugido de las vacas se escuchaba más fuerte. Se oían otros sonidos que no reconocía. Todo aquello me daba la bienvenida. Me sentía acompañada. ¿Habría alguien más? Sí, estaba rodeada de vida por todos lados. La soledad no existía en ese lugar.
La piedra que había escogido era confortable. Descansé, me llené los pulmones de aire fresco. Aprecié la energía del lugar. Una estrella muy luminosa me llamó la atención y me puse a observarla. Me pareció que era la primera vez que la veía en el cielo y que había aparecido sólo para mí. Mientras me brindaba su luz yo me conectaba con ella. Me sentía parte de todo. Ella existía porque yo estaba ahí y yo también era parte de ella. Estuve largo rato así, simplemente mirando el cielo, escuchando los sonidos del campo, rezando y agradeciendo lo vivido.

Me hallaba muy cómoda sentada en esa piedra, pero era hora de regresar, ya había sido suficiente. Supuse que nadie me extrañaría por ahí ya que vendrían otros viajeros como yo, con sus búsquedas. Miré las estrellas otra vez y les pedí que me acompañaran en el camino de regreso.

Cuando volvía hacía la entrada de la gruta me crucé con un muchacho. No esperaba encontrarme con nadie, lo iluminé con la linterna. Me saludó con amabilidad y siguió su camino. Un sentimiento de culpabilidad me invadió debido a mi hostilidad sin motivos. Me dieron ganas de seguirlo por curiosidad pero no me animé. Yo había tenido mi momento de intimidad, él también quizá lo necesitara.

Retomé el camino dando una mirada de despedida a la estancia, al Padre Pío y a mi estrella. La mochila ya no pesaba tanto, la carga era más liviana. Volvía renovada y contenta. Esta experiencia no se la cuento a nadie. No necesito escuchar más consejos de cómo ser una persona sensata y de las cosas que no debo hacer.

No había sucedido nada singular, no había visto nada raro ni me había encontrado con ningún ser misterioso, pero todo había sido perfecto. Había encontrado mucha paz y una oportunidad para estar conmigo misma, y las estrellas… ellas me acompañaron todo el tiempo.

Hoy es una noche ideal porque no hay luna. Recorro el cielo buscando a mi estrella pero no logro reconocerla entre las luces de la ciudad. Me da un poco de pena no verla. Una sensación inusual me invade y comienzo a percibir una extraña energía que llega desde lejos. ¿De dónde vendrá? No sé…aunque algo me dice que tiene que ver con ella que está por ahí,  en algún lugar, esperando a los peregrinos que en la oscuridad de la noche se animen a encontrarla  y quieran conectarse con la energía de “La Aurora”…

domingo, 5 de diciembre de 2010

Regreso a casa

Caminando hacia el Cabo Polonio

Estuve todo el día pensando en el mar. Cómo me gusta su sonido, me transporta a otra realidad. La suavidad de la arena y el ruido de los pájaros. Ese es mi lugar.  
¿Qué se dirán mientras vuelan? ¿Cuál será su idioma?
La dura realidad me llamó y tuve que regresar. Los tacos altos, la pollera ajustada otra vez. ¿Algún día seré libre? En mi hogar también encuentro la felicidad y la paz. Hefestion mi gato fiel, siempre me saluda cuando entro con un tierno ronroneo. No sé si es por mí o por el plato de leche que sabe que le voy a servir. De todas formas no me importa. Muchas personas deben de actuar de esa manera y ni me entero.
Un ruido sordo me sobresalta.
-         ¡Hefestion!
¡Otra vez el plato de leche derramado!
-         ¡Maldición! ¡Es que no podés tomar la leche sin volcarla!
Odio la leche derramada y más aún limpiarla.
Pobre no tiene la culpa de mi mal humor.
En seguida lo acaricio y su lomo se levanta en un gesto de satisfacción.
Tengo que solucionar esto, no puedo volver de las vacaciones y estar peor que cuando me fui.
Me saco los zapatos. ¡Qué satisfacción!
El sillón cómodo del living me llama y me rindo dulcemente. Necesito un poco de música para relajarme, elijo a Enya. La música me lleva hacia el mar otra vez y todo se transforma en dulces recuerdos. Mientras no pueda volver con mi cuerpo estaré ahí con mi alma…

viernes, 3 de diciembre de 2010

El árbol sabio


Minas

-                     Dime tú gran árbol que lo sabes todo. ¿Cómo puedo descubrir los secretos del universo?
-                     ¿Por qué me preguntas a mí?
-                     He venido desde lejos, me han dicho que eres muy sabio.
-                     Es la sabiduría de los años. Quizás algún día puedas ser como yo.
-                     ¿Cómo lo has logrado tú, estando acá tan solo? ¿De donde viene tu saber?
-                     No estoy solo. Los duendes y las hadas me acompañan.
-                     No he visto a nadie a tu alrededor.
-                     Es que todavía no has desarrollado la visión.
-                     ¿De que visión me hablas?
-                     La visión del otro mundo. Te jactas de ser una gran bruja pero perteneces a un solo mundo.
-                     ¿Cómo te atreves a hablarme así? No me conoces lo suficiente como para decir eso de mí. He hecho los conjuros más difíciles. Mucha gente viene desde lugares remotos a mi cabaña del otro lado del bosque para pedirme ayuda.
-                     Entonces si tienes tanto conocimiento. ¿Por qué estás aquí?
-                     He venido sólo por curiosidad. Un forastero la otra noche me contó de ti y quise conocerte. Me dijo que eras un árbol muy sabio y que tienes todas las respuestas.
-                     Tengo todas las respuestas tanto como tú las tienes.
-                     No, no las tengo, quisiera conocer los secretos del universo pero ya veo que no quieres ayudarme.
-                     Sin desarrollar la visión nunca los conocerás.
-                     No me interesa ver a esos seres mágicos que tú nombras. Quiero poder lograrlo todo. Mejorar mis hechizos y ser la bruja más respetada de la región.
-                     Te voy a ayudar. Lo que tienes que hacer es tratar de percibir al otro mundo, sobre todo escuchar al viento, él trae sus mensajes.
-                     ¿Cómo me comunico con él? ¿Qué debo hacer para entender su idioma?
-                     Tienes que abrirte a la naturaleza. Si te entregas a ella, todos los secretos se te revelarán inclusive los del universo.
-                     No entiendo lo que dices, tratas de confundirme. No veo duendes ni hadas. ¡Lo único que veo es a un árbol viejo y engreído! Al viento tampoco lo escucho.
-                     ¡Están acá conmigo, esfuérzate en verlos, haz el intento!
-                     ¡Vamos gran bruja, escúchame!
-                     ¿Quién dijo eso?
-                     ¡Acá estoy! Soy el duende de las piedras blancas. ¿Acaso no me ves?
-                     ¿Lo oyes ahora?
-                     Sí, ahora sí, pero no lo veo, sólo oigo su risa.
-                     Los duendes son así.
-                     ¿Pero a dónde se ha ido? Ya no lo escucho.
-                     Está acá sentado sobre mis raíces.
-                     No logro verlo.
-                     Él ha permitido que lo escuches porque ha ido a tu mundo. Los duendes tienen facilidad para cruzar de un lado al otro. Esto ha sido una demostración. Ahora tu trabajo sigue.
-                     No sé, no sé… Ahora no estoy segura de haberlo escuchado. La duda me invade. ¿Por qué se fue?
-                     Fue sólo una pequeña muestra para que creas en nosotros.
-                     ¿Habré estado equivocada todo este tiempo? ¿Existirán los seres mágicos? ¿Habré perdido el tiempo con mis hechizos?
-                     No, no has perdido el tiempo, el deseo de mejorar te ha traído hasta aquí. Pero no te quedes con eso solamente. El otro mundo está ahí para el que quiera verlo.
-                     No entiendo mucho ese mundo del cual me hablas, pero te agradezco gran árbol que me hayas permitido saber de él y disculpa mi ignorancia.
-                     La noche se acerca, será mejor que te vayas o no verás el camino y te perderás en el bosque. Y recuerda al viento. No te olvides de él.
-                     Trataré de hacerlo. Adiós gran árbol. Espero mejorar la visión y poder cruzar al otro mundo así como hacen los duendes. Prestaré más atención a partir de ahora a los mensajes del viento, quizá él me revele sus secretos…